Esteban Vera, MBA - William Aguas, MSc - Yessenia Marín, MED
INTRODUCCIÓN
En las últimas décadas, el aseguramiento de la calidad se ha consolidado como un componente central de
la educación superior, tanto por su papel en la rendición de cuentas como por su capacidad para orientar
procesos de mejora continua y fortalecer la confianza pública. Esta evolución ha venido acompañada de
modelos de evaluación cada vez más complejos, que ya no se limitan a constatar el cumplimiento formal de
requisitos, sino que buscan valorar la consistencia de los procesos institucionales, la pertinencia de la
formación y la evidencia de resultados. En ese marco, los referentes internacionales han aportado lenguajes
comunes alrededor de la cultura de calidad, la trazabilidad y el uso de evidencias; sin embargo, su traducción
a criterios, instrumentos y decisiones concretas sigue siendo desigual según los contextos nacionales y el
tipo de institución (Harvey & Green, 1993).
En el caso ecuatoriano, esta discusión adquiere una importancia particular en los Institutos Superiores
Técnicos y Tecnológicos (ISTT), donde la evaluación de la calidad debe responder no solo a exigencias
normativas, sino también a realidades formativas estrechamente ligadas a la práctica profesional, la
empleabilidad, la vinculación con el entorno y la diversidad institucional. En el ámbito ecuatoriano, esta
necesidad de mirar la calidad desde la especificidad de la formación técnica y tecnológica ya ha sido
señalada por estudios recientes, que advierten el riesgo de interpretar a los institutos con referentes
construidos principalmente desde la experiencia universitaria y no desde su propia naturaleza formativa
(Reinoso-Avecillas & Chicaiza-Aucapiña, 2022). En este escenario, el Modelo de Evaluación Externa 2024
del Consejo de Aseguramiento de la Calidad de la Educación Superior (CACES) representa un cambio
relevante al otorgar mayor peso a los indicadores cualitativos.
Este giro resulta valioso porque permite una lectura más sustantiva de procesos y capacidades
institucionales; no obstante, también introduce una dificultad que no puede pasar desapercibida: mientras
mayor es el peso de lo cualitativo, mayor es también la necesidad de contar con criterios claros, evidencias
articuladas y reglas de interpretación consistentes que permitan sustentar el juicio evaluativo.
La literatura sobre aseguramiento de la calidad ha examinado de forma amplia los modelos, marcos
regulatorios y procedimientos de evaluación y acreditación, tanto en estudios nacionales como comparados.
En estos trabajos se reconocen convergencias en aspectos como la mejora continua, la responsabilidad
institucional, la transparencia y la cultura de evidencia, así como divergencias relacionadas con la
gobernanza de los sistemas, el carácter obligatorio o voluntario de la acreditación y el foco institucional o
programático de la evaluación. Sin embargo, persiste una brecha menos desarrollada: la forma en que los
indicadores cualitativos son traducidos en pautas concretas de lectura y valoración. El problema, por tanto,
no se limita a definir qué se evalúa, sino a establecer cómo debe interpretarse aquello que se evalúa cuando
el referente principal no es una cifra, sino la calidad del sustento, la coherencia del proceso y la evidencia
de mejora (Schindler et al., 2015).
Desde esta perspectiva, la elección del programa AUDIT de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad
y Acreditación (ANECA) como referente comparado responde a una decisión analítica y no a una lógica de
transferencia automática entre contextos. AUDIT resulta pertinente porque constituye un modelo
consolidado de aseguramiento interno de la calidad que enfatiza la mejora continua, la trazabilidad de
procesos, la articulación entre diseño, desarrollo, seguimiento y revisión, así como el uso sistemático de
evidencias para respaldar la toma de decisiones. Su valor para este estudio no radica en replicarlo de
manera mecánica en el sistema ecuatoriano, sino en su potencial para contrastar lógicas de evaluación
distintas: mientras el modelo CACES para ISTT organiza la valoración mediante indicadores y elementos
fundamentales, AUDIT privilegia una lectura sistémica centrada en procesos y circuitos internos de calidad.
Este contraste permite identificar criterios útiles para fortalecer la interpretación de los indicadores
cualitativos en el contexto ecuatoriano.
En ese punto aparece la noción de operacionalización, entendida en este estudio como el proceso de
traducir referentes generales de calidad en pautas de lectura más concretas, observables y técnicamente
defendibles. Operacionalizar no significa simplificar de forma mecánica ni reducir la evaluación a una lista
de chequeo; significa establecer una mediación razonada entre el enunciado del indicador, el tipo de
evidencia esperable, la lógica institucional que lo sustenta y el juicio que puede formularse a partir de ello.
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Vol. 14 No. 1, ISSN 1390-9789, abril, 2026